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Por historias como esta es por lo que me fascina Berlín. Estamos hablando de un edificio que fue construido por Hitler, que luego almacenó fruta, que en los ’90 fue un club techno fetichista y que hoy alberga una impresionante colección de arte contemporáneo. Historias como esta son el corazón de una ciudad en constante flujo y en la cual cada calle y cada construcción parecen contar la historia completa del siglo XX. Para poder conocer el edificio y su colección de arte, tuve que reservar mi hora con dos meses de anticipación ya que esta es una colección privada, la del matrimonio Boros.

Karen y Christian Boros buscaban hace unos años un lugar para mostrar al público sus obras de arte. Christian fue quien comenzó a coleccionar cuando aún estudiaba publicidad y estética. Karen también venía del mundo del arte y al casarse se sumó a la labor. Hacia el 2005 contaban con más de 500 obras almacenadas en una gran bodega, las cuales raramente podían ver. Por esto necesitaban un lugar de exhibición.

Como ciudad, siempre consideraron Berlín por su carácter cosmopolita y por su pujante escena de arte contemporáneo, como lugar querían un edificio al que pudieran darle una nueva vida; las opciones estaban entre un antiguo hospital, una escuela o un búnker nazi. Cuenta Christian que al conocer el edificio fue un amor a primera vista, por su misma brutalidad y por la complejidad que representaba. Este es un hombre cuya consigna es comprar arte que no entiende y esto mismo lo aplicó en su elección de edificio.

El búnker fue encargado por Hitler a su arquitecto jefe Albert Speer el año 1942 como refugio antibombas para los pasajeros del S-Bahn (tren urbano) de la cercana estación Friedrichstrasse. Con mano de obra traída de los campos de concentración, en tan solo 8 meses lograron levantar este búnker de 5 pisos con capacidad para 2000 personas. Esta mole de concreto se construyó en base a 120 salas de 2,3 metros de altura. Los muros exteriores tienen un ancho de 2 metros y el techo de 3, cien por ciento hormigón armado.

 

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Al ser un búnker el edificio no cuenta con ventanas, desde el exterior se aprecian unos orificios que parecen serlo, pero son solo ductos de ventilación. Tampoco cuenta con agua corriente. Nos podemos imaginar la dificultad con la que se encontró la oficina de arquitectos a cargo de la transformación del espacio. Finalmente las 120 salas se convirtieron en 80; se removieron algunas paredes y algunos techos logrando un espacio entreabierto, donde desde ciertos ángulos logras apreciar las dimensiones del búnker.

En un acto genial y excéntrico, los Boros se construyeron un penthouse en el techo del edificio. Un espacio amplio y vidriado, vestido con arte contemporáneo y rodeado de árboles. Para ascender hacia su hogar, los Boros se vieron en la necesidad de construir un ascensor que traspasara los tres metros de concreto del techo. La perforación se demoró 6 meses, dos meses menos de los que Hitler se tardó en erigir el edificio completo. Increíble fue cuando la guía nos mostró cómo las raíces de los árboles plantados en el penthouse, sí habían logrado atravesar el concreto y comenzaban a aparecer en el último piso del búnker.

A Christian Boros siempre le ha interesado comprar arte creado en su propio presente como una manera de entender el mundo. En los ’90 estaba obsesionado con los Young British Artists y compró obras de Damien Hirst y Tracey Emin que hoy cuestan una fortuna. A pesar de ser un hombre rico, no es multimillonario, por lo que siempre ha tenido el ojo agudizado para comprar obras valiosas antes de que lo sean. Y la exhibición actual del Sammlung Boros es una demostración de esto.

La exposición cambia cada 4 años, un periodo que nos puede parecer excesivo pero que tiene su razón en la ordenanza de bomberos, que por motivos de seguridad, no permite la estadía simultánea de muchas personas dentro del búnker. A mi me tocó ver la tercera muestra, inaugurada solo un par de meses antes. Las obras expuestas son de una frescura máxima, muchas fueron terminadas y trasladadas al búnker inmediatamente y la mayoría de los artistas expuestos son muy jóvenes. Pero además, al transitar por las 80 salas conversando sobre las obras con la guía, te quedas con un mensaje que grita presente e incluso futuro. Y ojo que es un mensaje subjetivo, porque en la colección Boros no hay curatoría.

Nos encontramos con artistas que trabajan en la corriente del arte postinternet como Katja Novitskova (en la foto arriba) o Guan Xiao. Yngve Holen es un artista que le tiene miedo a los aviones pero que trabaja investigando la relación del cuerpo humano con las máquinas (en la foto abajo). También expone el sueco Andreas Eriksson quien alrededor del año 2000 desarrolló una hipersensibilidad a la electricidad que lo obligó a trasladarse desde Berlín a una zona rural sueca donde vive aislado del mundo. Otra obra consistía en armas para combatir en la quinta guerra mundial, que parecían de la edad de piedra pero estaban fabricadas con deshechos de electrodomésticos.

De Paulo Nazareth, artista brasileño, se exponía la túnica con la que caminó desde Brasil a Estados Unidos, Nazareth pretende caminar el globo entero, hoy se encuentra en África. Todo parecía hablar de un mundo post digital y post industrial, de una vuelta al origen que me recordó a la película francesa La Belle Verte, donde los personajes, que viven en un planeta lejano, no quieren venir a la Tierra porque estamos tan atrasados que aún utilizamos autos.

Para los Boros el abrir su colección al público significa compartir una pasión y conectar con otros, y para ellos que esta conexión suceda en un búnker sin ventanas, de un brutal concreto y donde estas obligado a pasar una hora y media, hace una diferencia. Y la verdad es que es una experiencia extraordinaria. Estas cara a cara con el arte y con la visión de cada artista ya que cada uno tiene su propia sala aislada de los demás. Los Boros mantienen una relación personal con casi todos los artistas que coleccionan por lo que los invitan a que ellos mismos instalen sus obras.

La primera sala de la colección contiene una obra del belga Kris Martin que consiste en un tablero de información de aeropuerto pero análogo. El panel está en blanco, no hay horas de llegada ni de salida, sólo se escucha el fuerte sonido del cambio de placas. La guía nos cuenta que deliberadamente esa obra es la primera, ya que trabaja con la concepción del tiempo y te incita a hacer una pausa para entrar a este espacio/tiempo paralelo del búnker.

Hitler construye esta mole pensando que va a ganar la guerra, por eso el edificio tiene cierta belleza desde el exterior con cornisas de inspiración renacentista. La idea era reutilizarlo posteriormente como parte de su plan de restauración arquitectónica de Berlin, libre de arte degenerado. Pero pierde y el búnker es ocupado por el Ejército Rojo como prisión de guerra. Con la repartición de Berlin por las fuerzas aliadas, el edificio queda en la zona soviética, en Berlín del Este y luego de ser utilizado brevemente para guardar textiles, se convierte en un almacén de frutas tropicales dada su condición de refrigerador natural. Principalmente se almacenan bananas que se importan desde la Cuba comunista, el olor a plátano se siente ha cuadras de distancia y la comunidad local lo llama el “banana búnker”. En la fachada exterior hay un grafiti de una banana estilo The Velvet Underground, supongo que es una divertida seña a ese pasado.

Un poco más que un guiño son los vestigios que quedaron presentes del club Techno/fetichista. Dado mi amor por la cultura de Club y la música techno, me produce una fascinación enorme esta parte de la historia. Antes de que cayera el muro, en Berlín Occidental ya se vivían los primero pasos de una cultura rave que importaba las tendencias acid house de Inglaterra, pero con la unión de Berlin la cultura techno se desata en Mitte, centro del Berlín Oriental y en donde se encontraban todos esos espacios abandonados cercanos a la tierra de nadie que rodeaba el muro. Y ahí era precisamente donde este lugar quedaba. Me imagino a un grupo de ravers okupa buscando lugares y encontrarse con esta monumentalidad, perfecta para albergar el que se dice era el club más hardcore del mundo.

El Club Bunker funcionó desde el ’92 al ’95 y se hizo famoso por sus fiesta sexuales y su techno duro que harían parecer suavecito hasta al Berghain. Cuando entras al bunker tienen una sala donde esperas al guía, ahí se exhiben fotos de cómo los Boros encontraron el lugar al comprarlo el 2003. Salas llenas de grafitis y otras completamente negras, las black rooms estaban hechas para practicar sexo libremente.

Lo más genial es que ese mismo día después de la visita, nos fuimos a un bar ruso que lleva un amigo, ahí había un tipo, amigo de mi amigo, pero al que yo nunca había visto, que me contó que había estado en el Bunker un par de veces en los ’90. Tenía una amiga que vendía ropa fetichista y para promocionarla los dos se vestían en atuendo de látex, arnés y látigo. La palabra que usó para describirlo fue “no-ortodoxo” y lo que más recalcó era que la política de entrada era estrictísima; o te presentabas en completo look fetichista/sadomasoquista o no entrabas. My god! Cuánta historia tienen esas paredes!

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